viernes, 06 de noviembre de 2009 18:41
Antonio Baquero
Sangre y olvido en Sants
Yo no lo conocí personalmente. Pero para mi, el de Freddy Medina, el chico asesinado el pasado mayo en Barcelona, no ha sido un crimen más. Alguien a quien quiero le apreciaba muchísimo. Le parecía un buen chaval; un chico que a base de lucha logró sacarse el graduado, para orgullo de sus padres y sus profesores; un adolescente con cualidades para ser un hombre de provecho. Por eso hablé con familiares, con amigos, con unos que estuvieron la noche que ocurrió todo, con otros que habían pasado años con él en clase. Supe de su amor desaforado por el baloncesto, de su pasión por los Lakers y de su cariño por sus amigos. Para ellos, Freddy era un chico "limpio", sin dobleces, sin malas intenciones.
Los Mossos d'Esquadra acaban de resolver el asesinato deteniendo a cuatro jóvenes, uno de ellos un menor de edad que ha vuelto a quedar en la calle, como presuntos autores del crimen. Los cuatro son miembros de los Ñetas, la banda rival de los Latin King y, como en el caso de Ronnie Tapias, mataron a Freddy al confundirle con un miembro del grupo enemigo.
El caso está resuelto. Los Mossos han hecho su trabajo. Resulta tranquilizador saber que, cuando la prensa olvida a la víctima de un crimen, cuando la alarma social se desinfla, cuando los polticos pasan a rasgarse las vestiduras por otros temas, siempre va a haber uno o dos policías que mantienen viva la llama y que no van a cejar hasta dar con el culpable.
Pero a mí, igual que a sus familiares y a quienes fueron sus profesores, me indignan varias cosas. Me indigna que, en los días siguientes al asesinato, se definiera a la ligera a Freddy como miembro de una banda latina. Porque no lo era. No era ni Latin, ni Ñeta, ni nada de eso. Lo he podido comprobar durante las entrevistas. Doy fe. No es que lo digan sus familiares sino que lo han podido constatar los investigadores que han resuelto el homicidio: Freddy no tenía nada que ver con ninguna banda.
Sin embargo, en este país se está generando la peligrosa tendencia de presentar a la víctima como, al menos parcialmente, responsable de su muerte: Un chico latino muere asesinado. Está claro, lo primero que pensamos es que es de una banda. O si queréis, otro ejemplo: A un empresario (miren lo que le pasó a Félix Touriño, el desgraciado protagonista del caso Santaló) un sicario le pega un tiro e inmediatamente se piensa que seguro que tenía tratos con la mafia rusa. Es decir, además de víctima, se te tacha de pandillero o mafioso. Así que si te preocupa tu reputación, mejor que no te maten. Luego, se resuelve el asesinato (como el de Touriño) y se descubre que el asesinado no era más que un ejecutivo trabajador y honrado que trataba de hacer bien su trabajo.
Pero no solo eso es indignante. Hay algo peor: la indiferencia con que la sociedad catalana reaccionó a la muerte de Freddy, al brutal asesinato en el corazón de Barcelona de un chico de 18 años. Mataron un ruiseñor (perdonen el plagio) y nadie se inmutó. No hubo conmoción, ni alarma social, nada. Solo un vacío absoluto que, con la excepción de familias, amigos y profesores, dejaron a la familia en una soledad que me duele en el alma. Con ese silencio nuestro, de todos, les dijimos que la muerte de su hijo no nos importaba. Que al fin y al cabo que a un chico latino lo maten otros latinos es algo normal, aunque pase en nuestras calles, que entra en ese cuadrante mágico, esa coartada para la indiferencia social del "se matan entre ellos". Esa actitud solo genera olvido, que es el mejor abono para que las desgracias se repitan.