
Apareciste un día de mayo, entre la multitud. La directora de la fundación te reconoció, le sonaba tu cara de haberte visto por aquí hacía algunos años. Pensó que sería mejor que alguien te atendiera con tiempo y te invitó a que volvieras por la tarde.
A las cuatro, volviste puntual. Primero hablamos en el pasillo con la intención de darte cita formal para hacer una primera entrevista de acogida, pero al ir descubriendo tu historia pensé que sería mejor sentarnos un rato.
Te tapabas el rostro con una gorra, te cubrías el cuerpo con una chaqueta blanca y sucia. No me mirabas, para nada, con un gesto entre miedo y vergüenza. Tu relato iba y venía, pero tenía cierto sentido, tenía coherencia y salía de una mente desgastada pero madura. Estabas muy deteriorado, muy cansado, muy delgado, muy sucio. Acababas de llegar a Barcelona después de un trayecto de cinco días, un trayecto de miedo, hambre e ilusión a la vez.
Fuimos a lo urgente, buscar un sitio donde dormir y descansar. Lo encontraste en seguida, parecía que la suerte te estaba acompañando.
Viniste al día siguiente, ya te habías movido entre los sitios que recordabas de tu estancia aquí, antes de la expulsión. Hablamos de la necesidad de estabilizarte, de descansar para volver a tomar aire y enfrentarte a tus nuevos retos: la vida desde la clandestinidad. Tu mente seguía yendo y viniendo, sufriendo, esa vergüenza nacía tras años de culpabilizarte por lo que te salió mal esa primera vez. No querías perderte e ibas escribiendo todo en una libreta pequeña, dónde ibas, qué tenías que hacer, qué tenías que pedir en tal sitio, y en árabe las cosas que ibas pensando, lo que te iba ocurriendo en este nuevo reto personal, como quien deja señales en un camino para saber luego volver.
Otra vez la urgencia, buscamos un sitio donde comer. Otra vez tuviste suerte.
Volviste tal y como habíamos quedado, empezamos a planear algunas cosas, te dimos ropa para que te cambiaras y dejaste aquí tu chaqueta blanca. Me enseñaste fotos de tu familia, me hablaste de tu padre muerto y de cómo sentías que el día de su muerte su alma se había esperado en la salón de casa hasta que volvieras de trabajar para despedirse y darte fuerzas en tu futuro. Me hablaste de las muchas veces que viajaste desde Tetuán a Tánger para mirar el puerto y ver si te atrevías a pasar de nuevo, hasta que pasaste. Me contaste tu primera experiencia en España y en Francia, y los errores en qué caíste y que ahora te atormentaban.
Te fuiste y hurgué en todos los expedientes archivados, encontré el tuyo, hablaba de un chico totalmente diferente, vital, fuerte, sano, inmaduro.
Quedamos para al cabo de dos días, acordamos vernos muy a menudo para apoyarte en estos primeros momentos durísimos, fuera de nuestras competencias laborales, pero quizás no de nuestras responsabilidades personales.
No viniste, tampoco lo hiciste el día siguiente, ni el siguiente...
En el albergue te habían dado de baja por abandono, en la otra entidad con la que te habías puesto en contacto tampoco sabían nada de ti. Desapareciste...
Me imagino que como desaparecen los repatriados, en silencio, sin un adiós. Una sospecha que me duele, me amarga pensar que quizás tu fragilidad no lo podrá soportar, me angustia no saber qué ha sido de ti y cómo lo vas a afrontar.
Me entristece no haberte ni siquiera tocado, cogido de la mano para que sintieras que estabas vivo, no haber tenido el móvil del trabajo a mano ese fin de semana en que encontré cuatro llamadas perdidas que aún no se de quién eran y quiero borrar de mi pensamiento la posibilidad que fueran tuyas, me hace rabiar no tener más datos tuyos, formas de contacto, para confirmar mi sospecha de repatriación ante otras sospechas peores, Poder al menos saber como estás, y convencerte de que abandones la idea de que aquí serás más feliz. Encontrarás la felicidad cuando dejes la necesidad vital de venir.
Espero que la fuerza de tu padre siga acompañándote, y que si cometes la locura de volver, nos encuentres de nuevo. Aquí guardamos tu chaqueta blanca y tu recuerdo.