Me sorprende por qué cuesta tanto que se escuchen esas voces que hablan de Salim, a quien castigaron durante una semana a comer bocadillos. O de Rachid,  a quien le amenazaron con no tramitar su documentación hasta que su comportamiento mejorase. O de Sambo,  a quien tardaron más de año y medio en gestionar su permiso de residencia y lo obtuvo justo a punto de cumplir los 18 años. O de Said, que estuvo más de un año sin ir a ningún centro formativo. O de Mamadou, que me explicó que no fue hasta la llegada de María, una nueva educadora, que se sintió atendido, una noche cuando fue a mirar si tenía fiebre.O  de Ismael,  a quien muchas veces encerraron en la sala de contención, casi aislado, o de, o de o de....

Los centros de menores existen por el deber de la administración (en esta ocasión catalana) de ofrecer un hogar substitutivo a los menores de edad desamparados.

La realidad de estos centros está llena de leyendas urbanas que se han ido traspasando y transformando de unos chicos a otros y que nos llegan a l@s educador@s de otros recursos en mil versiones diferentes.

Pero este imaginario no sólo se nutre de leyendas, sino también de pequeñas realidades que hacen de algunos de estos centros algo muy alejado de un hogar y más alejado de la esencia de la palabra acogida, lejos de un lugar dónde chicos y chicas pueden crecer física y espiritualmente ricos.

Cierto es que el caos reinaría en estos centros sin unas normas estrictas para ser respetadas por todos los chicos que conviven en ellos, chicos algunas veces transgresores, otras veces conflictivos, pero al fin y al cabo chicos. Adolescentes, viviendo un doble conflicto, el de su edad y el de la nueva cultura que les rodea, buscando modelos con quienes reflejarse muy lejos de aquellos que habían tenido siempre, viviendo y sintiendo responsabilidades de adultos, cuando muchas veces tienen necesidades de niños.

Quizás haya que empezar a oír estas voces, la de los mismos protagonistas y la de educadores y otros profesionales que trabajan con ellos. Quizás tendríamos que empezar a revisar y cambiar. Cambiar en diferentes aspectos, desde la concepción de centro de albergue a hogar de acogida, la del trabajo con estos jóvenes como sujetos y no como meros objetos. La de concebirlos como los hijos de otros a quien, en su nombre, hay que cuidar y acompañar en el crecimiento.

Nuestra obligación es reproducir en estos centros hogares normalizados, hogares realmente de substitución, donde los chicos y las chicas puedan obtener nuestro apoyo para su bienestar físico y sobretodo afectivo, donde les preparen para la vida adulta e independiente a la vez que les hagan gozar de su presente, y eso sólo es posible dedicando la atención necesaria y aplicando la pedagogía sobre la funcionalidad.

No es posible reproducir un ambiente favorable en centros con 35 chicos adolescentes con ganas de ser libres, porque es entonces cuando pueden llegar a ser necesarias salas de contención y normas estériles, cuando es imposible llegar a solucionar todos los problemas que surgen de la burocracia de la tramitación de la residencia, cuando dejan de tener importancia las dudas, angustias o pensamientos de cada uno de ellos.

Salim, Rachid, Sambo, Said, Mamadou, Ismail, cada uno de ellos merece nuestro respeto por las personas que son y la situación que están viviendo, y merecen que, algún día, alguien empiece a escuchar sus voces y les de un beso de buenas noches.